
La madre y la mujer son dos aspectos que viven dentro de la misma persona, y a veces pueden estar en conflicto. Ambos son necesarios, incluso sagrados, pero no siempre se encuentran en equilibrio.
Todos los aspectos de nuestra personalidad tienen su faceta positiva y negativa. En el “ser madre”, el rasgo predominante tiene que ver con cuidar, acoger y nutrir. En su lado positivo, este aspecto impacta en los hijos de una forma que les permite crecer, desarrollarse y sentirse profundamente amados. Al mismo tiempo, activa en ella su lado más compasivo, empático y generoso, brindándose de manera incondicional.
Pero este rol también puede mostrar una faceta negativa. Puede capturar la individualidad de los hijos, limitar su independencia e incluso ahogar su personalidad. Y a la vez, produce un efecto similar en ella misma, reduciendo el espacio de su identidad individual y su “ser mujer”.
En el “ser mujer”, los aspectos predominantes se relacionan con la feminidad, la sensualidad, la creatividad, la conexión con el cuerpo, el deseo, la determinación y la intuición. Justamente estos son los que se ven afectados cuando el “ser madre” se vuelve demasiado abarcativo.


