
La madre y la mujer son dos aspectos que viven dentro de la misma persona, y a veces pueden estar en conflicto. Ambos son necesarios, incluso sagrados, pero no siempre se encuentran en equilibrio.
Todos los aspectos de nuestra personalidad tienen su faceta positiva y negativa. En el “ser madre”, el rasgo predominante tiene que ver con cuidar, acoger y nutrir. En su lado positivo, este aspecto impacta en los hijos de una forma que les permite crecer, desarrollarse y sentirse profundamente amados. Al mismo tiempo, activa en ella su lado más compasivo, empático y generoso, brindándose de manera incondicional.
Pero este rol también puede mostrar una faceta negativa. Puede capturar la individualidad de los hijos, limitar su independencia e incluso ahogar su personalidad. Y a la vez, produce un efecto similar en ella misma, reduciendo el espacio de su identidad individual y su “ser mujer”.
En el “ser mujer”, los aspectos predominantes se relacionan con la feminidad, la sensualidad, la creatividad, la conexión con el cuerpo, el deseo, la determinación y la intuición. Justamente estos son los que se ven afectados cuando el “ser madre” se vuelve demasiado abarcativo.
Su “ser mujer” queda relegado: le cuesta priorizar sus necesidades, recuperar tiempo y espacio para ella misma, expresar su deseo, conectar con su mundo sexual y con su individualidad.
Esto suele verse en madres muy presentes, que se entregan por completo a sus hijos, pero que en el fondo están agotadas y tienen dificultad para reconocerlo. No pueden pedir ayuda, no confían en el padre, sienten culpa por soltar a sus hijos o miedo de causarles una herida de abandono.
La clave está en la integración y el equilibrio. Aunque pueda confundirse con egoísmo, darse lugar a ella misma es un acto de salud emocional y de aceptación. Y aunque muchas veces se tema dañar a los hijos, en realidad es una forma de enseñarles, sobre todo a las hijas, la importancia de no abandonarse por completo por cuidar a los demás.