
Cuando comenzamos el proceso de resolver nuestros conflictos, es fundamental comprender algo importante:
Existen dos mundos, el interno y el externo.
El mundo interno está compuesto principalmente por nuestras emociones, pensamientos, decisiones, acciones, comportamientos y actitudes.
El mundo externo está conformado por los demás, especialmente por nuestras relaciones más significativas—padres, hijos, pareja—y sus propias decisiones, acciones, comportamientos y actitudes.
Estos dos mundos están conectados de tal manera que uno influye en el otro y viceversa. Lo que sucede en nuestro mundo externo afecta nuestro mundo interno, y nuestro mundo interno impacta nuestro mundo externo.
Un conflicto surge cuando algo en nuestro mundo externo entra en choque con nuestro mundo interno, generando un desequilibrio emocional que se manifiesta en sentimientos, estrés, bloqueo, entre otros.
Cuando enfrentamos un conflicto, en realidad estamos presenciando la interacción entre estos dos mundos: un mundo interno con cierto grado de desequilibrio y un mundo externo que, en apariencia, mantiene su estabilidad.
Resolver un conflicto implica, en esencia, recuperar nuestro equilibrio interno. Sin embargo, esto no es posible sin realizar cambios en nuestras decisiones, acciones, comportamientos o actitudes. Dichos cambios, a su vez, generan un impacto en nuestro entorno, provocando un desequilibrio en el mundo externo, pues cualquier transformación en nosotros repercute en quienes nos rodean.


