Este domingo fue mi primer día del padre. Por supuesto, muchas sensaciones acompañan este día tan especial. No podía no escribir algo sobre el padre. Otros años también lo he hecho, hay varios post al respecto, pero quería ahora escribir algo diferente, algo que miré hacia adelante.

Héctor, el héroe troyano, en el libro VI de la Ilíada, se aparta del combate y va a despedirse de su familia. Se encuentra con su esposa e hijo y, al intentar agarrar a su hijo, este se asusta del casco que su padre lleva puesto.

Héctor se lo quita y lo deja en el suelo. Abraza a su hijo y lo alza en lo alto, mirando hacia arriba, y le pide a Zeus que su hijo crezca más fuerte y glorioso que su propio padre.

Héctor, al quitarse su armadura, se hace vulnerable por un momento. Quita del medio su “dureza”, hace a un lado su deber y deja de ser guerrero para ser padre y conectar con su hijo.

Alzarlo en lo alto es elevar a su hijo hacia el cielo, hacia lo divino y hacia el futuro, por encima de él, más allá de sí mismo. Este gesto y su plegaria a Zeus es el deseo de ser superado.

Simbólicamente, ser superado no significa que sea un mejor guerrero, sino que vaya más allá de él, que transcienda las limitaciones del padre, la autoridad, la protección, que pueda construir su propia identidad y autonomía.

Hablar del padre es hablar de una persona, pero también de una función.

Héctor, por un momento, abandona su individualidad, su rol de guerrero, su dureza. Renuncia a la coraza que lo define y protege. Este abandono viene acompañado del gesto de tomar a su hijo, sostenerlo y alzarlo, simbólicamente guiándolo hacia el futuro.

Esta es la función del padre, la que Héctor simboliza en esa pequeña escena, que no busca dominar sino sostener, que no quiere imponerse sino guiar.

Feliz Día a los padres que cumplen esa función, que sirven su individualidad en una causa mayor, la del hijo, y que se permiten ser trascendidos y superados.

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