El espacio personal es algo que necesitamos durante toda la vida, y no solo durante la adolescencia o la vida adulta, aunque suele ser algo más notorio, también lo necesitamos en nuestras primeras etapas de desarrollo, a medida que vamos crecimiento.

Este espacio nos permite saber quienes somos más allá de nuestros padres, explorar nuestro entorno por nuestra cuenta, tomar decisiones propias, asumir responsabilidades, comprender consecuencias de lo que hacemos, encontrar manera de gestionar de forma propia aquello que necesitamos, etc.

La madre y el padre muchas veces no permiten este espacio personal, aunque con las mejores intenciones y desde el cuidado, ambos, de distintas maneras, pueden estar dificultando el espacio que le dan al hijo.

La madre lo suele hacer a través del apego emocional y el cuidado, estando todo el tiempo pendiente de que hace o deja de hacer el hijo, de cómo se siente o de qué necesita. Protege todo el tiempo sus emociones, se anticipa a cada necesidad, vive pendiente de cada detalle o constantemente necesita saber cómo se siente.

El padre a través de la autoridad y las ordenes. Diciéndole cómo debe de actuar, dirigiendo cada uno de sus pasos, corrigiendo constantemente lo que el hijo está haciendo, diciéndole qué decisión debe tomar o si está bien o mal lo que está haciendo.

Cualquier de estas maneras, aunque muchas veces tengan muy buenas intenciones, no le dan espacio suficiente al hijo para desarrollar de forma adecuada un Yo independiente, en vez de eso, comienzan a subordinar partes de quienes son a las necesidades, deseos o decisiones de sus padres.

Esto muchas veces se convierte en control, sofocando al hijo e impidiendo autonomía e independencia, algo que se suele extender también durante la vida adulta.

Estos comportamientos, que son claramente de cuidado, muchas veces no están cuidado, sino limitando, escondiendo las propias heridas emocionales no resuelta, los propios miedos, el propio apego que se está depositando en el hijo, la creencia de que si no estas presente estás fallando, de confundir tu valor como padre/madre con tu disponibilidad completa.

Dar este espacio, en la medida de la edad del hijo y de su etapa de desarrollo puede implicar morderte la lengua cuando quieras intervenir, ver errores y no rescatarlos al instante, aceptar que si camino no tiene por qué ser el tuyo, no estar encima de ellos todo el tiempo, aceptar que es saluda que estén tiempo sin vos y que no te necesiten.

Cuidar y permitir no tienen por qué cancelarse. Pero para que coexistan, necesitás tolerar verlos navegar solos.

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