
El desarrollo de un vínculo afectivo no solo necesita disponibilidad, entendido como la condición de estar para el otro, sino, y muy importante, también está la capacidad de ser “alcanzable” por el otro.
Uno debe de poder “llegar” físicamente y emocionalmente a la otra persona. Conectar con el otro, tener la posibilidad de presentarse de manera auténtica frente al otro, y que aquello que uno es sea tomado y aceptado, pudiendo recibir atención, comprensión, escucha, ser simbólicamente “abrazado” y considerado por el otro.
La imposibilidad de “alcanzar” al otro en la vida adulta se suele ver en las relaciones de pareja acompañadas de sentimientos como sentirse insuficiente, no llegar a ser lo que el otro espera, estar en un constante esfuerzo por complacer al otro, o que haga lo que se haga nada es bueno o nunca se está a la altura. Es como si el otro no estuviera al “alcance” de uno. Estos sentimientos reflejan esa imposibilidad de “llegar” y conectar con el otro.
Todo vínculo en la vida adulta esconde rastros de nuestros vínculos primarios, en estos casos de la manera de amor experimentada en la infancia con y entre nuestros padres. Estos sentimientos pueden reflejar justamente la imposibilidad del hijo de conectar y “alcanzar” a alguno de sus padres.


