
Nadie puede ser quien es y desarrollar su potencial si no tiene el espacio suficiente para desplegar su individualidad.
Ese espacio es una condición necesaria para crecer y desarrollarnos, y eso no es un beneficio solo para nosotros, sino también para nuestro entorno, porque solo así es cuando podemos aportar algo diferente y único.
Ese espacio, sobre todo en relación con los otros, significa ser escuchados y tenidos en cuenta. Es tener la posibilidad de tomar nuestras propias decisiones, tener la libertad de poder ser y sentir todo aquello que somos y sentimos, poder desplegar lo que nos hace únicos, y sobre todo, ser respetados y valorados por quien somos y no por lo funcional que podemos llegar a ser para los demás.
En este aspecto no podemos pasar por alto el papel de la familia, porque la familia, como la unidad es, muchas veces condiciona hasta inhibe el espacio que cada miembro necesita, y en vez de motivar esa individualidad busca que cada uno sea funcional al conjunto y a las necesidades de los demás.
La familia suele tirarnos hacia atrás, hacia la indiferenciación, cuando nosotros justamente necesitamos ir hacia delante, hacia la diferenciación.


