
Vivimos en una época que por todos lados nos llega la importancia de “conectar con lo que sentimos”, “darle lugar a nuestras emociones”, “escuchar nuestro cuerpo”, “validar nuestros sentimientos”, etc.
Parecería que constantemente deberíamos estar prestando atención a nuestros sentimientos, como si de eso dependiera nuestra salud mental, y que todo lo que sentimos es importante.
Lo que sentimos no siempre es importante. Muchas veces darle demasiada importancia a los sentimientos afecta justamente nuestro bienestar emocional y condiciona decisiones o acciones que serán la que más adelante sí lo harán.
Lo que sentimos no siempre es “verdad”. Muchas veces las explicaciones que nos decimos sobre lo que sentimos no son verdad, están basadas justamente en creencias, patrones repetitivos, lealtades invisibles u otros elementos que intervienen en nuestra interpretación de la realidad.


