
Esto se puede ver de varias formas. Una madre que no confía en el padre y no le pide ayuda en ciertas cosas. Una madre que está encima de todo lo que hace el padre, corrigiendo cada acción que toma con el hijo. Una madre que no deja que el padre haga ciertas cosas porque “las hace mal”. Una madre que habla mal del padre, remarcando sus faltas, carencias o incompetencias.
Esto a su vez genera una mayor carga emocional en la madre, porque muchas cosas que podría delegar y sentirse ayudada y acompañada, decide resolverlas por ella misma, sintiéndose sola, cargando con responsabilidades extras y dejando de lado cada vez más aspectos de su individualidad y su “ser mujer”.
“Es que hace las cosas mal y no sabe resolver las situaciones de nuestro hijo”. Pero también, no hacerlo, no le da la posibilidad de aprender, involucrarse y desempeñar con mayor responsabilidad su rol de padre.
“Es cuando se queda con él, me dice que no le presta atención”. Tal vez, tu atención está demasiada enfocada en tu hijo y esa situación justamente te está reflejando tu deseo interior de ocuparte un poco más de vos.
Este comportamiento de la madre, en no aceptar las formas del padre, suele también fomentar la inmadurez emocional de él, ya que si la madre resuelve todo, este no tiene la necesidad de hacerlo, cada vez involucrándose menos y dedicándose más a sus cosas.
Otro aspecto que no se suele considerar es que, la manera de ver el mundo y resolver las situaciones es diferente en la mujer que en el hombre, por lo tanto, la forma de resolver del padre y su mirada sobre las cosas quedarán alejadas del hijo, impidiendo un mayor crecimiento y enriquecimiento de su mundo interior, dejando demasiado espacio emocional únicamente para la madre.
El vínculo madre-hijo es tan poderoso, que hasta el padre necesita el permiso y la aceptación de la madre para poder ejercer su rol.