
La culpa es un sentimiento castigo. Es un mecanismo por el cual aprendemos lo que ‘está bien’ y lo que ‘está mal’, lo que debemos y no debemos hacer. Enseñanzas originadas sobre todo durante nuestra infancia, y que nos acompañan el resto de nuestra vida en formato de creencias, pensamientos a los cuales etiquetamos como verdades inamovibles.
La culpa nos conecta con sentimientos inconscientes de miedo al abandono, al rechazo, o a dejar de ser amados. Dejamos de ser merecedores de amor por hacer tal o cual cosa. Desde frases directas como: “no hagas eso porque papá se pone triste” o “no seas así porque mamá te va a dejar de querer”, hasta situaciones familiares con una gran carga emocional estresante, ejemplo: mamá vive enojada porque papá se junta mucho con sus amigos y siempre dice: “tu padre nunca está en casa, son más importante sus amigos que nosotros”.
El sentimiento de culpa nos mantiene atados a nuestro pasado.
Es un vínculo directo con situaciones estresantes, donde el deseo, propio o de un referente nuestro, se vio impedido o era castigado, y por tanto la obligación o el mandato, el ‘tengo que…’ o el ‘debo de…’ comienzan a reemplazar su lugar.


